Incluso con la mejor planificación, los retrasos ocurren: un material que no llega a tiempo, un imprevisto en obra, una baja de última hora en el equipo. Lo que marca la diferencia no es evitar el retraso a toda costa, sino cómo se comunica al cliente.
Avisar en cuanto se detecta, no cuando ya es evidente
Comunicar el retraso en el momento en que se detecta, en lugar de esperar a que el cliente pregunte por qué la obra no avanza, transmite honestidad y da al cliente tiempo para reorganizar sus propios planes si depende de esa fecha.
Explicar la causa concreta, no excusas genéricas
Dar el motivo real y específico del retraso (qué material falta, qué imprevisto ha surgido) genera más confianza que una explicación vaga tipo "ha habido problemas". El cliente entiende mejor un motivo concreto que una justificación difusa.
Ofrecer una nueva fecha realista, no optimista
Dar una nueva fecha de entrega demasiado optimista para tranquilizar al cliente en el momento, y volver a incumplirla después, daña la confianza mucho más que haber dado desde el principio una fecha más conservadora pero fiable.
Compensar cuando el retraso es responsabilidad propia
Si el retraso se debe a un error de planificación propio (no a un imprevisto externo justificado), ofrecer algún gesto de compensación, aunque sea simbólico, ayuda a mantener la relación en buenos términos de cara a futuros trabajos.
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